NUEVAS FORMAS DE HACER ESTÉTICA
La estética es una peculiar sensibilidad de nuestro tiempo. A él pertenece la irrupción de las nuevas tecnologías. Estas suponen no sólo una transformación de la realidad (técnica), de nuestro cuerpo (las tecnologías como extensiones del mismo), sino la creación de nuevas realidades (nuevas tecnologías propiamente dichas). El reto de las nuevas tecnologías no consiste sólo en la visión optimista de lo que podemos hacer con ellas, sino también en la más inquietante de lo que están haciendo con nosotros. En cualquier caso, no basta ya con enfocarlas desde su valor instrumental, sino que es preciso hacerlo desde la evidencia de que somos seres tecnológicos. Esa certeza no esconde la ambigüedad radical de nuestro tiempo que imposibilita hablar ya de (como algo obvio) una “condición humana”. Estamos a finales de un “año kantiano”, y una buena manera de recoger su herencia, no haciéndonos “centenarios en el centenario” (Ortega), sería hacerlo reformulando su famosa cuarta pregunta. Porque en este tema estamos, hay que reconocerlo, todavía a la “cuarta pregunta”. Se trataría, no de preguntar “¿Qué es el hombre?”, sino más bien y con modestia de “¿A qué llamamos hombre?”. Lo que está en juego en este momento es una nueva redefinición de lo que se entiende por ser humano, de si hemos ingresado en una era humana o posthumana.
El problema con el que nos encontramos en el ámbito de la filosofía es la dificultad de abordar con conceptos surgidos de tiempos y mundos distintos, la “novedad” de éstos en los que vivimos. Mantenemos todavía los de “sujeto y objeto”, “dentro y fuera”, “verdad y error”, “ficción y mentira”, “apariencia y realidad”, creador, obra, espectador, lector, etc., cuando sabemos que son escasamente operativos. En cierto modo, el filósofo se encuentra hoy desempeñando el papel heroico y paradójico (en el mejor de los casos) de un unamuniano “San Manuel Bueno, mártir”, ya que tiene que emplear un lenguaje en el que secretamente no cree.
No sólo se trata de conceptos, sino también de relatos. Es necesaria una mirada hacia el pasado, a los relatos sobre la condición humana que han determinado nuestra visión de las tecnologías. Desde el viejo relato cristiano del Génesis, el platónico de la caverna, el nihilista del narciso tecnológico, a los del “futuro negro” de la ciencia ficción y el optimista del transhumanismo en la ciencia especulación. Hay, pues, una mirada hacia el pasado, respecto a los relatos sobre la condición humana que han determinado nuestra visión de las tecnologías. El cristiano del Génesis, donde se narra el pecado original de las imágenes; el platónico de la caverna, en que se nos hace prisioneros de las imágenes y el nihilista, en el que, según Nietzsche, sólo somos capaces de comprender un mundo que nosotros hemos hecho, el mundo reducido a imagen de nosotros mismos; y también su propuesta de crear el “hombre de gran estilo”, que siguen los transhumanistas. Todos ellos tienen algo en común: el de la imagen, de la copia humana, que quiere ser original, creando a su imagen y semejanza. Las nuevas tecnologías serían así una “segunda creación”. En el fondo, los tres relatos no se diferencian tanto.
No están mejor las cosas en el ámbito de la estética. Si la estética es teoría del arte y de la belleza, nos dice Welsch, será más apropiado hablar de una “estética fuera de la estética” para comprender nuestro tiempo tecnológico. Aunque quizá no haga falta salir tanto fuera. Es preciso, eso sí, reconocer ese peculiar momento de lo no válido, pero que tampoco tenemos otra cosa, en que se mueve una estética de transición que aspira a ser transitiva. En ese sentido, los relatos mencionados pueden servir de “excedentes culturales” de los que es posible extraer algo. Así podemos vernos en el relato platónico, como esos porteadores, productores de imágenes, son como nosotros, dice Platón, somos nosotros, manipuladores manipulados de las imágenes. Este punto es decisivo, pues atañe al núcleo de lo que puede ser una estética de las nuevas tecnologías: una estética cognitiva. Aspira a comprender, como paso previo, el mundo tal como es, y no como debería ser o nos gustaría que fuera.
El futuro no es muy halagüeño si hay que elegir entre el pasado heroico (El señor de los anillos) y el futuro paranoico (Matrix). Una tradición occidental, basada en el concepto de “dignidad del hombre”, tiene que ser revisada. El hombre se ha comprendido siempre desde lo que no es. Es un ser limitado, pero se ha visto desde lo ilimitado del origen divino o las posibilidades indefinidas de la acción humana. El lema de las tecnologías desde los relatos tempranos de ficción es el “seréis como dioses”, reconducirlo ahora significa: “seréis como hombres”. La tragedia de la tradición platónico cristiana es la de la copia que quiere ser original. Nuestra experiencia de las nuevas tecnologías hoy es que eso está mal planteado: la copia es el original. En el humanismo hay otra tradición, que contempla la indignidad radical y miseria humanas como núcleo de su condición. Parte de la vida humana como naufragio e intenta proponer hoy un humanismo tecnológico para náufragos. Es patente en ello una cierta inspiración orteguiana: si “yo soy yo y mi circunstancia”, ésta son ahora las nuevas tecnologías, entonces, ¿por qué no un futuro de cyborgs?
La viabilidad del humanismo tecnológico se concreta adelantando los principios de una cibercultura. Este cambio de siglo no ha sido tan traumático como el pasado, pero sí queda el espíritu y la necesidad del ensayo, pues se trata de generaciones (las nuestras) de la palabra que tienen que vivir en la época de la imagen. Quien educa es la palabra, pero quien forma (Bildung) es la imagen (Bild). Estamos ante la posibilidad de una nueva Ilustración a través de las imágenes. Significa esto ir a contracorriente de las simplificaciones heideggerianas, los histerismos de Debord y Baudrillard, que no hacen sino prolongar una cultura occidental de raíz judeocristiana, orientada a la palabra y no a la imagen, más aún, basada en el desprecio de la imagen. De ahí no hay más que un paso a la denuncia del poder corruptor, como las drogas, de las imágenes, el miedo a las “sobredosis de imágenes”, en una cultura que ha padecido una verdadera abstinencia de ellas. Por no hablar de la criminalización del “espectáculo” en las actuales sociedades, tan necesitadas ellas de “buenos” espectáculos. Porque es cierto que la estética es en sí (no sus degeneraciones esteticistas) democrática, pero no se puede decir que la actual democracia sea muy estética.
En definitiva, se trata de abandonar los miedos sobre el pretendido determinismo de las tecnologías. No son las tecnologías las causantes de la deshumanización, sino individuos deshumanizados. La deshumanización social, económica, cultural es la causa de la deshumanización tecnológica, y no al revés. La base de una nueva cibercultura es un humanismo del límite, de la miseria y de la indignidad humana, frente al tradicional de las posibilidades ilimitadas y de la dignidad humana basada en el origen. No se trata de ir con las tecnologías hasta los límites de las posibilidades humanas, sino de sacar con ellas las posibilidades del límite humano. Hay una miseria que es difícil sublimar en dignidad, ni a través de lo que se es, ni de lo que se hace. La vida comienza con un nacimiento traumático y acaba con una muerte indeseada. La vieja cultura tecnológica no parte de lo que el hombre es, sino de lo que debe ser, y nunca será. En definitiva, lo que trato de sugerir es la posibilidad de unas nuevas tecnologías para náufragos, en la línea de mis trabajos anteriores sobre “estéticas del naufragio y de la resistencia”. Se trata de salvar al individuo en la configuración, no de identidades narcisistas, sino solidarias. Para ello es necesario recuperar el “sentido común”, que integra lo virtual y lo real, en una nueva fórmula de identidades comunicativas, núcleo y soporte de las estéticas de la comunicación.
[1] A mero título informativo para el lector, le indicamos que este artículo ofrece unas reflexiones de José Luis Molinuevo acerca de su último libro: ‘Humanismo y nuevas tecnologías’, publicado en Alianza Editorial. José Luis Molinuevo es Catedrático de Estética en la Universidad de Salamanca. (NOTA DE LA DIRECCIÓN DE ‘LA ROSA PROFUNDA’.)