Dionis no pudo reprimir una exclamación de sorpresa:
ahora también entendía otras lenguas, incluso las infieles.
Eso no debía ser bien visto a ojos de Dios. Y por primera vez
dudó. ¿Era correcto lo que había hecho? ¿No
estaría conjurando la cólera divina con su vanidad? Pero
las palabras de su maestro resonaron de nuevo en su cabeza: “Cuando
dudes, sé fuerte. Otros, antes que tú, se dieron muerte
por no poder soportar tamaña carga, pero tú triunfarás.
Y Dios te mirará contento, al ver que, por fin, alguien ha burlado
las fuerzas del Infierno. El agua, la fuente de la vida, son todas las
lágrimas que él ha derramado por nosotros”.
A pesar de estas palabras había una cosa que
Dionis no entendía: “¿Por qué me permite
Dios entender la lengua de los herejes?” La respuesta le vino
urgente: comprendió que todo sobre la tierra es su creación,
y que Alá también es Dios, y que los sarracenos también
son sus hijos.
A medida que comprendía se enorgullecía
e, inconscientemente casi, su vanidad iba creciendo hasta el punto de
pensar que sólo un nivel en la escala lo separaba de ser él
mismo una deidad.
Laureado por sus gloriosos pensamientos, vitoreado
por oleadas de sensaciones clamorosas y por la gente que besaba su capa,
no se dio cuenta de que el caballero se había quitado el turbante
y sus labios ya bebían de la copa. El terror que le había
inspirado el hombre al que todos conocían por el nombre de su
cimitarra, se había disipado dando paso a una gran condescendencia.
Así, Dionis salió de su escondite y se expuso a la vista
del sarraceno.
Antes de que pudiera hablar, el jinete se dio la vuelta y en un santiamén
se colocó a su lado. En ese instante Dionis recordó las
arcanas palabras, que salieron a borbotones de su boca ensangrentada
mientras Infalible le seccionaba el cuello: “Sólo puede
quedar uno”.
Otras palabras que él jamás entendería
se estamparon sobre el sangriento paisaje, parpadeando con sus colores
de fiesta: Game over.