Arenas

De Uisce Beatha

 

Dionis Urbel bebía con avidez, los ojos cerrados. Aquélla era el agua que llevaba años buscando. Exhausto, se recostó en la piedra mientras sus carcajadas se extendían por todo el valle.

Un rumor de cascos que se acercaban lo sobresaltó: debía de haberse quedado dormido. Sentía todo su cuerpo alerta, el retumbar del suelo hacía vibrar cada una de sus terminaciones nerviosas. Miró alrededor pero no vio a nadie; sin embargo, el sonido se oía ahí mismo, tronándole en las costillas. Buscó un buen escondite y se dispuso a esperar.

Lo primero que vio fue la punta curva y afilada de un largo alfanje. Su vista recorrió toda su longitud hasta llegar a un poderoso guante de malla cerrado en torno a su empuñadura; siguió subiendo por la azulada cota de armas hasta acabar en un blanquísimo turbante. Un pequeño estandarte ondeaba encima y creyó reconocer el blasón: dos torres en campo de azur, y la gran cimitarra, que llamaban “Infalible”, cruzándolo en diagonal. Una hórrida oleada le hizo temblar y se aplastó inconscientemente contra la tierra. Un jinete tiró de las riendas y el galopar se convirtió en un suave trotar. Al llegar junto a la copa de piedra, que el agua había ido esculpiendo durante siglos, el caballero bajó de su corcel y sacó de las alforjas un paquete envuelto cuidadosamente. Dionis se desconcertó: desde tanta distancia no debería, no ya ver tan claramente, sino ni siquiera percibir vagamente el bulto, pero sus percepciones habían aumentado, y comprendió ahora aquellas palabras enigmáticas que le dijera su insigne maestro, Iulius de Ešaberri, el gran alquimista: “Cuando bebas el agua, el mundo adquirirá nuevos colores. La naturaleza fluirá por ti. Estarás en paz con la tierra y serás su igual. Y no olvides lo más importante, las antiguas palabras adquirirán entonces sentido para ti”.

Iulius  de Ešaberri  había estado toda la vida buscando entre miles de manuscritos, en húmedos monasterios, en atestadas y lúgubres bibliotecas, donde apenas llegaba la luz, hasta quedar ciego, hasta discernir la verdad de la farsa y dilucidar cuál era el secreto, cuál el camino que conducía a la uisce beatha. Nunca se había atrevido a realizar el viaje, aunque sus investigaciones habían sido fructíferas. Dionis había querido convencerlo muchas veces de que emprendieran la búsqueda juntos, pero Iulius siempre se negó. Al morir, le entregó una serie de mapas bastante completos y ciertamente complicados, aunque no para Dionis, que llevaba más de cinco años junto al maestro y estaba perfectamente entrenado. Pero Dionis no recordaba todavía las ancestrales palabras.

El jinete desenrolló amorosamente el paquete: era un pergamino amarillento, doblado y con los bordes dentados. Lo extendió en el suelo y, silencioso, hizo unos extraños gestos que aparentaban medir el espacio; luego dio una serie de vueltas sobre sí mismo y, arrodillándose, dijo en voz muy baja (aún así, Dionis lo oyó), mirando al cielo: “Lä iläha illä lläh!”

Dionis no pudo reprimir una exclamación de sorpresa: ahora también entendía otras lenguas, incluso las infieles. Eso no debía ser bien visto a ojos de Dios. Y por primera vez dudó. ¿Era correcto lo que había hecho? ¿No estaría conjurando la cólera divina con su vanidad? Pero las palabras de su maestro resonaron de nuevo en su cabeza: “Cuando dudes, sé fuerte. Otros, antes que tú, se dieron muerte por no poder soportar tamaña carga, pero tú triunfarás. Y Dios te mirará contento, al ver que, por fin, alguien ha burlado las fuerzas del Infierno. El agua, la fuente de la vida, son todas las lágrimas que él ha derramado por nosotros”.

A pesar de estas palabras había una cosa que Dionis no entendía: “¿Por qué me permite Dios entender la lengua de los herejes?” La respuesta le vino urgente: comprendió que todo sobre la tierra es su creación, y que Alá también es Dios, y que los sarracenos también son sus hijos.

A medida que comprendía se enorgullecía e, inconscientemente casi, su vanidad iba creciendo hasta el punto de pensar que sólo un nivel en la escala lo separaba de ser él mismo una deidad.

Laureado por sus gloriosos pensamientos, vitoreado por oleadas de sensaciones clamorosas y por la gente que besaba su capa, no se dio cuenta de que el caballero se había quitado el turbante y sus labios ya bebían de la copa. El terror que le había inspirado el hombre al que todos conocían por el nombre de su cimitarra, se había disipado dando paso a una gran condescendencia. Así, Dionis salió de su escondite y se expuso a la vista del sarraceno.

Antes de que pudiera hablar, el jinete se dio la vuelta y en un santiamén se colocó a su lado. En ese instante Dionis recordó las arcanas palabras, que salieron a borbotones de su boca ensangrentada mientras Infalible le seccionaba el cuello: “Sólo puede quedar uno”.

Otras palabras que él jamás entendería se estamparon sobre el sangriento paisaje, parpadeando con sus colores de fiesta: Game over.