Un día, bendito día, caminando entre pensamientos de
espuma, miraba la nada-esquina, dónde mi alma revoloteaba sin
rumbo y sin puerto donde aquietar sus miles de palabras enfundadas en
traje astronauta.
Con oxígeno apenas para sobrevivir un instante, lloraban de
miedo, acurrucadas, temiendo el inminente momento que las llevara por
el tiempo a surcar la eternidad en miles de gases disueltos. Mi traje
se inflaba, se inflamaba de verbos y sustentos, me constreñía,
me imprimía un fuerte dolor debajo de las costillas que hacía
que mi respiración ahogara mis pulmones, que los suspiros me
salieran a cuajarones.
Con las uñas y algunos dientes intenté rasgar el traje,
porque la noche se abalanzaba, y con ella, un aluvión de imágenes
esperaba en la cola inmensa, para entrar raudo, con sus arañas
de cintas ensangrentadas.
La mirada, que me ceñía mil
espadas, rodeábame por entero, me encañonaba en mi miedo
y brincaba mi espíritu en ansias sin remos. Conseguí abrir
un pequeño agujero, por el que se escapaba, con la velocidad
de mil pensamientos, un rincón del universo.
Con los restos (de uñas) que me quedaban,
amueblé con mi sangre un túnel oscuro desde mi carne hasta
las cavernas, dónde un mar de lujurias abortado por un espejo
de luna, vive sus pesadillas más diurnas, masculinas y duras.
Catervas de mi conciencia, llenas de sirenas, de gritos de la torrentera
que llueve, con afiladas hojas de palmera, de mi corazón de sierra.
Y mi traje de astronauta tornó el de un pirata que, libre,
contemplaba la nave que le llevaba desde el abstracto a lo preciso,
desde su carabela al paraíso.
Sintió el dulce tinte de la arena, el sabor desolado de la noche
que, en pena, hendida entera, aparecía de adjetivos llena, y
descansando, tumbada sobre la cubierta, contemplé para juzgar
sin castigo, mis sentencias y mis tinos, mis voces de lamentos, de esperpentos,
experimentos, ensayos y condenas; y allí en el éter me
pareció oír las carcajadas de unos dioses, las iracundas
negativas de otros, la muda adoración de los verdaderos...
Reposando, derrengada, cerró por fin
mis ojos esta riada que asolaba mi alma. Y ya contentas y despachadas,
durmieron en esta cama como cielos eternos pilotados por mis manos de
uñas rotas, por mi boca mellada, por mis ojos vaciados en sus
espíritus codiciosos de entrañas.
ARENAS