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Se trata de un pintor murciano, muy pintor, y también muy murciano, pero sin sombra de regionalismo -todo ismo, como se sabe, encierra falsedad, tendenciosidad, demagogia-; sin sombra de provincianismo y sin caer tampoco en esa universalidad pueblerina, buena para papanatas, que se estila hoy. Yo diría que Pedro Serna es un pintor murciano, casi chino, fino, «delgadico», de una «exquisita sensibilidad» como rezan las críticas al uso (equivocando entonces lo que puede haber en esa expresión de verdadero, ya que la palabra «exquisito» hace pensar enseguida en algo artificioso que él no tiene en absoluto); su indudable finura no es estilizada ni decadente, sino limpia y sana, un poco a la buena de Dios. Mira muy bien, muy lúcida y atentamente, la realidad, pero sin enredarse ni tropezarse en ella, incluso un tanto despegado, a la distancia justa, con la holgura justa para la comprensión, porque una de las facultades de su armónica naturaleza de pintor es ésa: que comprende lo que ve cuando mira -algo que no supo ni pudo lograr el ojo, tan famoso y aplaudido, de Monet-; y aparte de ir comprendiendo lo que mira, ha comprendido, de una vez por todas, que la realidad no ha de ser atrapada, encarcelada, ni ha de ser, claro, alterada, ni siquiera... interpretada, porque el creador no es un intérprete de la realidad, sino un hacedor de realidad, o sea, el creador es uno que aporta realidad, más realidad, a la realidad ya existente; no el petulante artista, sino el modesto y pasivo creador verdadero, sabe muy bien que la realidad no puede ser enjaulada -como han hecho siempre los realismos-, ni arlequinizada, ni traicionada, ni burlada frívolamente -como han hecho los estúpidos vanguardismos culteranos de nuestros días-, el creador sabe que la realidad sólo puede ser... acogida, comprendida, y... dejada estar, dejada ir, suelta, libre, libremente real, a su sitio propio. En la naturaleza, en el paisaje real de la naturaleza parece como si, de pronto, se formaran unos pequeños nudos, es decir, unos pequeños enigmas; a veces es tan sólo un acento especialísimo de la luz, o una... musicalidad de la distancia, o del aire. Pedro Serna es muy sensible a todos esos misterios a pleno sol; en su pintura parece haber querido, con inspirada modestia, ir desatando los nudos que encontrara en la realidad del paisaje.
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