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POR QUÉ ESCRIBO *

Después de leer o escuchar los diversos motivos que conducen a determinados escritores al hábito de la escritura, creo coincidir en mayor o en menor medida con cada uno de esos motivos. Intuyo que éstos tienen que ser realmente poderosos en su naturaleza, pues la escritura ha perdurado desde que el hombre existe. Ahí están para demostrarlo, valga el ejemplo, los grabados de las cuevas de Altamira.

Hoy todo el mundo escribe, dejando a un lado los lamentables casos de analfabetismo. La diferencia radica en que unos incorporan la escritura a su vida con fines terapéuticos, como bálsamo a sus fisuras internas, mientras que otros la entienden como un simple gesto mecánico de indudable pragmatismo. (¿Podríamos sobrevivir en la jungla urbana si no supiéramos redactar un impreso, una postal navideña o la lista de la compra?).

Tengo que reconocer que llegué a la escritura terapéutica no por vocación sino por casualidad. Años después, el redactor de un diario abrió la reseña del que era mi tercer libro, Siete minutos, con la siguiente frase: “Pocos escritores se atreverían a confesar en público, y tal vez ni siquiera en privado, que se iniciaron en el mundo literario, eso es a leer y escribir, más allá de los 30”. Y a continuación mencionaba como supuesto acto de valentía el hecho de que yo admitiera no haber estado interesado en la literatura hasta ese instante.

Podría haberme iniciado en las Letras mucho antes, es cierto. A veces me pesa no haberlo hecho. Pero ya no hay vuelta atrás: uno no puede remendar su pasado. En compensación, la escritura y la lectura me han ayudado en estos últimos años a crecer como persona, me han llenado de contenidos -si se me permite la petulancia. Ahora no entendería mi vida sin esa pulsión que me lleva a repensar la obra de Isaac Bashevis Singer o Knut Hamsun mientras friego los platos o a rememorar ciertos pasajes de Viaje al fin de la noche de Celine cuando cambio las sábanas de la cama. Y, para no pasear en soledad excesiva, ¿hay algo mejor que echar mano de los versos de José Agustín Goytisolo, Jaime Sabines o José Hierro? La literatura, pues, cuando la aceptamos en su máxima dimensión, es decir, cuando instruye además de entretener, puede convertirse en un vicio -en el buen sentido de la palabra. Escritor y lector han mantenido abierta desde siempre una ruta de la seda para intercambiar mercaderías afectivas y culturales. Mi esperanza al afrontar el folio en blanco es que ese texto pueda ser de alguna utilidad para alguien, que le acompañe de algún modo.

Pero a esos motivos supuestamente loables (alivio de la soledad, aporte de paz interior, enriquecimiento de contenidos, apertura de vías de comunicación) hay que añadir otros menos saludables, que también comparto, y que ponen en evidencia una vez más que el hombre no está hecho de un solo material. Cómo negar aspiraciones marcadas por los logros económicos, la vanidad satisfecha o, ya puestos, el deseo de pasar a la posteridad. Lo que quiero decir es que llegó un momento en que no sólo vivía la literatura sino que también aspiraba a vivir de la literatura, con todos los (d)efectos secundarios que ello conlleva. Los motivos más prosaicos, se quejará mi querido redactor de periódico, no suelen ser confesados por los escritores en las entrevistas a las que se ven sometidos –entrevistas que a veces ellos mismos se trabajan con inescrupulosa diplomacia. No, no suelen hacerlo. Lo más habitual es afirmar que uno escribe por necesidad. Necesidad espiritual, se entiende. Lo cual no tiene por qué ser cierto –ni falso- del todo.

Francisco Rodríguez Criado


* Este texto fue escrito a sugerencia del escritor y psicoanalista Ernesto Maruri.
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