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Entre 1914 y 1915 vivió en Southamptom un olvidado escritor peruano. Se llamaba Félix del Valle y fue fundador de las revistas «Colónida» y «Amauta». En Lima publicó una plaquette titulada Prosas poemáticas (1921) y desde 1923 se instaló en España, donde colaboró en diversos periódicos, ganó premios de crónicas literarias y compartió veladas jondas con García Lorca, Bergamín, Manuel Machado y Cansinos-Asséns. De aquellos años republicanos y flamencos nos queda su libro El camino hacia mí mismo (1930), una novela absolutamente vanguardista que lo mismo transcurre en los cabarets de París, en los tablaos sevillanos o en las tabernas de Bristol. Félix del Valle peleó en el bando republicano y tras la guerra civil española tuvo que exiliarse una vez más en Buenos Aires, donde escribió cuatro nuevos libros sobre arte flamenco, estampas andaluzas y viajes por España. Sin embargo, Félix del Valle no está dentro del canon de la literatura peruana, tampoco aparece en los inventarios de literatura española y mucho menos en los de Argentina. Hace un momento he citado a Mario Vargas Llosa, pero con quien me identifico en realidad es con el último Félix del Valle, ese peruano que escribía en Buenos Aires sobre Andalucía.

Hace diez años, la diputación provincial de Huelva reeditó mi primer libro de cuentos –Tres noches de corbata- y tuvo la gentileza de invitarme a firmar ejemplares en su caseta de la Feria del Libro de Huelva. Sólo dediqué un libro en todo aquel día y ni siquiera era mío. Corrían las ocho de la noche cuando una señora puso delante de mí Los inconsolables de Kazuo Ishiguro. «Usted perdone» -le dije- «¿De verdad quiere que le firme este libro?». «¿Fernando Ishiguro, no?», me respondió. Yo la contemplé perplejo mientras miraba a hurtadillas la foto del autor, pero al verla sonreír puse cara de Ishiguro y le dediqué Los inconsolables «con todo mi cariño». ¿Alguna vez habrá dedicado Ishiguro un libro mío? Ishiguro que no.

En el Perú a nadie le extraña que uno tenga un apellido japonés, porque desde la escuela convivimos con amigos que tienen nombres italianos, eslavos, chinos, judíos, anglosajones, portugueses, armenios, alemanes y -por supuesto- japoneses. Sin embargo, en España no es así y la gente todavía se extraña cuando uno tiene un nombre raro sin ser futbolista. Sung-Lee juega en la Real Sociedad, Makukula es delantero del Sevilla y todo el mundo sabe que Milosevic es del Osasuna, pero el Iwasaki de los periódicos no parece un columnista comunitario. Una vez un señor me detuvo en la calle y me abrazó emocionado: «Iwasaki, siempre te leo y te felicito». «Muchas gracias» -le dije- «Me alegra que le gusten mis artículos». «Qué va, tus artículos no me gustan ni mijita» -contestó- «Yo te felicito por lo bien que has aprendido a escribir en español. Coño, que se te entiende todo». ¿De qué hubiera servido que mis libros estuvieran perfumados por la flor de papa de la identidad peruana, si aquel hombre sólo veía un ikebana? Me despedí con una venia la mar de japonesa.

Pero los malentendidos son más curiosos cuando viajo, ya que en los aviones me sirven menú japonés sin consultarme y en los hoteles me suelen dejar una relación de los templos shintoístas locales. No obstante, la pregunta más rocambolesca me la formuló hace apenas un año un policía del aeropuerto Kennedy de Nueva York: «¿Por qué usted viaja con pasaporte español si tiene apellido japonés y ha nacido en Perú?». Ese policía ignoraba que su futuro no estaba en la aduana del aeropuerto sino en la crítica literaria, pues cada día surgen nuevas aduanas literarias o filológicas donde a uno le exigen el pasaporte de la identidad nacional.

 

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