| Teoría de las catástrofes, sistema
de inestabilidades, relativismo y la confirmación de que
las reglas no residen en las leyes sino en la excepción
a esas leyes, todo ello provocó la transformación
de la idea positivista, en la cual la estructura objetiva de la
realidad era evidente, en un sistema de inestabilidades, de inseguridades,
en el cual nada es previsible y todo es relativo. Surge así
la fragmentación del discurso y la idea de que no existe
una realidad objetiva que pueda ser construida por el observador;
se desencadena la crisis del lenguaje, y la incapacidad de superar
los límites del mismo, es decir, de los conceptos, que
son el único medio que tenemos para poder hablar del mundo,
incluyendo el pasado. Frente al marxismo que intentó acercar
las ciencias sociales a la historia, y englobarlo en una disciplina
general que fuera capaz de explicar las transformaciones humanas,
nos encontramos en la condición postmoderna con que todas
las certezas han sido cuestionadas, todo es relativo y, por tanto,
se instaura la imposibilidad de una ciencia que nos permita el
conocimiento total, aflora el anti-universalismo y el “mi
verdad es tan válida como la tuya independientemente de
los hechos”: no es importante lo que ocurrió en el
pasado, el conocimiento de la historia, sino cómo afectó
a mi grupo, a mi religión, a mi modo de vida ciertos hechos
puntuales… Si por una lado este anti-universalismo produjo
un replanteamiento del modo de conocimiento, el cual es dependiente
del lugar, físico e ideológico, en el que se sitúa
el emisor o sabedor (se correspondería con el perspectivismo
en teoría literaria), también produjo en el anverso
de la moneda una exaltación irracional de mitos y contraverdades
históricas a las que se atuvieron algunos grupos nacionalistas
e identitarios que se definieron por oposición a los demás
y ensalzaron la bandera de “mi verdad es tan válida
como la tuya”, del subjetivismo postmodernista. El peligro
de una visión fragmentaria de la historia y del conocimiento
puede ser alarmante si dejamos que sea llevado a sus extremos
y no proponemos un replanteamiento de la razón como fuente
de conocimiento del curso de las transformaciones humanas, en
toda su generalización. Paolo Fabbri, en su Svolta
semiotica(6)
, propone esa svolta, ese giro, como un replanteamiento
de la semiótica, dejando de ser una disciplina fragmentaria,
para pasar a ser una búsqueda de generalizaciones: Andando
alla ricerca di generalizzazioni, so bene di andare contro all’estetica
e alla epistemología contemporanee, caratterizzate dalla
sottolineatura del frammento. Il che é comunque del tutto
intenzionale. Michel Serre sostiene che non c’è da
avere nessuna paura della totalità. Serres dice molto giustamente
che la sola cosa che bisogna temere è la solidità,
ossia il fatto che le cose si solidifichino, e nota che i frammenti
sono quelle cose che, essendosi già rotte, non si possono
rompere ulteriormente. Sono perciò stremamente solide.
Cosí, non possiamo non accogerci in primo luogo del fatto
che il frammento, in qualche modo, è prima di tutto il
rimpianto di una totalità perduta; ogni frammento è
nostalgico (…). Opposte al frammento, la totalità
e la generalizzazione sono assolutamente fragili. Ebbene, la generalizzazione
è una forma di risponsabilità, nel senso che invita
l’altro a rispondere.(7)
Quizá sea necesario en nuestros días
volver a traer la universalización, la generalización,
para una comprensión global de la existencia, del ser humano
y sus cambios, acabar con el discurso fragmentado de la postmodernidad,
y proponer nuevos lazos sociales que nos impulsen a una comprensión
más íntima de lo otro, que nos alejen de la soledad
individualista, de la fragilidad y aislamiento del yo en la vida
social, y elaborar una propuesta en la que sea posible la aprehensión
de ciertas verdades universales, y aquí el punto de vista
marxista resulta un elemento necesario para la reconstrucción
del frente de la razón: los modos de producción
(sea cual fuere el nombre que se les dé) basados en grandes
innovaciones de la tecnología productiva, de las comunicaciones
y de la organización social- y también del poder
militar-, son el núcleo de la evolución humana.
Esas innovaciones, y Marx era consciente de eso, no ocurrieron
y no ocurren por sí mismas. Las fuerzas materiales y culturales
y las relaciones de producción son inseparables; son las
actividades de hombres y mujeres que construyen su propia historia,
pero no en el vacío, no fuera de la vida material, ni fuera
de su pasado histórico
(8).
Un postmarxismo, en suma, que aúne la filantropía
marxista y el estudio de la evolución como interacción
de la especie y su entorno, con la tolerancia perspectivística
y relativista de la postmodernidad y su asunción del individuo
como ser único e irrepetible. Un postmarxismo que nos aleje
de esta orfandad de lazos sociales y nos empuje a la elaboración
de otro Relato, mirando siempre hacia atrás, sabiendo que
no existe una verdad única, y que el objetivismo puro ya
no es posible.
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