1.- A modo de introducción
Mario Briceño-Iragorry, escritor venezolano
nacido en Trujillo en 1897 y fallecido en Caracas en 1958, va
a construir un importante legado en el debate de las ideas ocurrido
en Venezuela en las primeras cuatro décadas del siglo; un debate
de ideas que pretendió, con algo de éxito, definir los patrones
políticos, económicos, sociales y culturales de una país que abría
los ojos a la modernidad. Obras de importancia fundamental como
Tapices de historia patria, El caballo de Ledesma, Mensaje
sin destino, Alegría de la tierra, Aviso a los navegantes,
entre otras, comprueban el interés de Briceño-Iragorry por definir
el perfil de Venezuela ante el mundo y ante ella misma. En esa
búsqueda de conceptos, el trujillano entiende que no puede alcanzar
dicha definición sin antes proceder en la renovación del mundo
espiritual del venezolano. Según él, nada puede ni tiene sentido
sin admitir la presencia de Dios en la vida y obra del hombre,
en tal sentido, su análisis social y cultural para primero por
un análisis espiritual centrado en su fe en Cristo y en la doctrina
católica. Es por ello se siente en la necesidad de fijar posición
acerca del Cristo que decide seguir y a quien le va a brindar
importante hermosas páginas de sus obras.
Briceño-Iragorry está convencido
de que Venezuela debe transitar un camino revolucionario, debe
romper con todo y emprender un nuevo camino, pero esa revolución,
ese camino debe estar orientado por un espíritu evangélico.
Este espíritu evangélico debe elevarse desde el
mismo corazón de la cultura y de la historia. El siglo
XX abrió las puertas a la difamación de lo humano,
a la postulación del atropello como elemento muchas veces
dignificador y a la justificación incomprensible del pecado.
Quienes se garantizaban en el siglo XX como garantes de un orden
de convivencia fueron los más atroces instigadores de la
abominación y la postración del espíritu,
baste recordar la Alemania nazi, la Unión Soviética
comunista y los Estados Unidos de siempre.
Esta alarmante avanzada del materialismo y su
interpretación religiosa en el ateismo, preocupó
notablemente a Briceño-Iragorry que entendía al
mundo sólo a través un cristianismo evangélico;
es decir, centrado en la vida de Cristo, en donde imperan principios
fundamentales como la caridad, la solidaridad, la tolerancia y
el respeto.
Entonces se insinuaba ya en el mundo cristiano y hoy se encuentra
vivo y actuante en casi todos los países adscritos a ese
credo religioso, un catolicismo innovador que Briceño-Iragorry
destaca entusiasmado como “nueva revolución”.
Su objetivo estaría representado en asideros reales y auténticos
donde se proyectaría el mensaje de Cristo rescatado, a
casi dos mil años de su presencia en la tierra. (VERA.
1987:68).
Briceño-Iragorry va a responder al mundo
a través de un Cristo renovado y de pertinencia en la dinámica
social. Por ello parte de un Cristo reelaborado por la literatura
del siglo XX y por el pensamiento que venía tejiéndose
desde Francia por medio de la Acción Católica Obrera.
En el Hijo de Agar publicado en 1954, escribe lo siguiente:
En Francia ha comenzado una
nueva “revolución francesa”. Ahora sus signos
no son el despótico gobierno de la diosa Razón,
sino la búsqueda de realidad para el Mensaje de Cristo.
En Lyon no habrá nuevo Fouché
que sacrifique masas humanas. De Lyon, por el contrario, salen
voces que admonitan para la debida contrición de los culpables
(BRICEÑO-IRAGORRY. 1954:11)
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