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Es en este momento donde logra perfilarse la obra católica de Mario Briceño-Iragorry y su visión de un Cristo renovado; un pensamiento pacífico en donde predomina la igualdad entre los hombres en todos los órdenes y un espíritu impulsor que guié el camino del mejoramiento de las condiciones materiales de la vida y cubra con éxito real las carestías cardinales en el plano de la dignidad humana. En tal sentido, perfilará un Cristo acorde con esta nueva y renovadora concepción del hombre y la sociedad, un Cristo que se tejía ya desde una transfiguración ficcional, un Cristo que decidía a bajarse de la cruz para ensuciarse las manos con los más pequeños y necesitados. En tal sentido apunta hacia el Jesucristo rescatado para la literatura por Papini y Kazantzakis.

2.- La literatura y Cristo. Un bosquejo

Durante el siglo XX la literatura moderna fijó como patrón para la creación de novelas, poemas y dramas la imagen de Jesucristo. Directa o indirectamente, Cristo sede su imagen para la elaboración de un discurso que permitiera al hombre moderno reencontrarse con la sensibilidad humana. Ejemplos de ello tenemos La montaña mágica de Thomas Mann, Ulyses de James Joyce, Emanuel Quint de Gerhart Hauptmann, La uvas de la ira de John Steinbeck, Una fábula de William Faulkner, Gato y ratón de Günter Grass. Por su puesto, también existen ejemplos de escritores que emprendieron la aventura de reescribir la vida de Cristo como Charles Dickens, Selma Lagerlöf. Francois Mauriac, aunque debemos incluir en esta rama a los directores que dieron al cine una nueva dimensión a la presencia del Mesías, desde Pier Paolo Pasolini hasta Martin Scorsese.

Hay que aclarar que la figura de Cristo en la literatura moderna a menudo no refleja en absoluto a Cristo en sus acciones relatadas en los Evangelios. El autor es libre de hacer lo que quiera con la figura de Cristo, pero las creencias del escritor determinarán el significado de su imaginería y simbolismo. Pero demasiado a menudo los críticos pasan por alto la distinción, cuando tienen a hablar vagamente de temas cristológicos en literatura, queriendo decir en realidad que una obra tiene forma transfigurativa, o bien hacen de Jesús y Cristo figuras intercambiables (ZIOLKOWSKI. 1982:24), como sucede en el caso de Siddharta de Hermann Hesse. De todos estos casos debemos rescatar al Cristo elaborado por Papini y Kazantzakis que es el eje central en el análisis de Cristo hecho por Briceño-Iragorry en su obra

3.- Mario Briceño-Iragorry frente al Cristo de Papini

Giovanni Papini figura como una de las más altas representaciones de la literatura italiana del siglo XX, es un toscazo converso que combatió violentamente el caos mental de su momento. En la primera mitad de su vida, Papini fue un intelectual convencido de que Dios no existía en modo alguno. Sin embargo, en la mitad exacta del camino de su vida, entre la primavera y el verano de 1918, mientras la guerra seguía todavía, en su alma comenzaba la última y decisiva batalla existencial. Cabe decir que esta crisis en Papini no tiene ninguna explicación. En su célebre libro Un hombre acabado escribe:

Hijo de padre ateo, bautizado a escondidas, crecido sin predicaciones y sin misas, no he tenido nunca eso que se llama crisis de alma… Para mí, Dios no ha muerto nunca, porque no ha estado nunca vivo en mi alma (PAPINI. 1982: 67)

Sin embargo, el 16 de mayo de 1918 escribía a su amigo Cesare Angelini, entonces capellán militar en el frente, hablándole de una lenta, pero profunda transformación espiritual. Papini afirma haber descubierto la presencia de Dios en su alma, un descubrimiento que siempre había estado en los Evangelios que casi nadie aplica y vive. Un año después comienza a escribir La historia de Cristo que vio la luz en 1921. Desde ese momento, Papini no dejó de ser un cristiano sui generis, violento y polémico, sin cambiar el estilo personal de su dramática juventud, pero dedicada a un solo ideal, el de hacer que los hombres sean mejores después de haberle leído.

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