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LA BUENAVENTURA |
De peregrinos a Madrid íbamos en ese
tren, hacia Atocha más concretamente. Mientras José
Manuel y yo escuchábamos poemas de Neruda, Oliverio Girondo
y Vicente Gallego en el discman, y fumábamos tranquilamente
en el moribundo vagón de fumadores, andábamos hacia
una ventura desconocida. Era la hora de tomar algo y fuimos al
bar. Allí estaba Vicente Cervera (catedrático de
literatura hispanoamericana de nuestra universidad) que viajaba
en ese mismo tren para apoyarnos en nuestra aventura poética.
Estaba con él Pedro, un amigo suyo con el que mantuvimos
interesantes conversaciones acerca de nacionalismos baratos, cine
y casualidades. Casualidad como la de comentar que mi hermano
había estado en Jordania esas vacaciones: “A ver,
a ver, murcianos que hallan estado en Jordania estas navidades…
tu hermano no será Paco Bastida”. Así empezaba
nuestro viaje, con una de esas casualidades que recuerdas toda
la vida. Llegamos a Atocha en pleno diálogo, bajándonos
a toda prisa. Era viernes a última hora de la tarde; el
ajetreo era inmenso como la estación, como la ciudad. Fue
ver el lugar y un sentimiento de pena me embargó, pensé
en lo sucedido allí un 11 de marzo del que no quiero acordarme.
Sentí a las personas que se vieron allí atrapadas,
fue como si estuvieran en el ambiente sus voces, gritos y lamentos.
Después de observar de lejos el gran invernadero de la
estación, nos dispusimos a encontrar a Lucía Etxebarria.
El espectador indiferente, Guillermo Delís
a la guitarra y Antonio Bastida
Nos despedimos de Vicente Cervera y Pedro, bajamos
al metro y nos perdimos, sintiéndonos por un momento los
típicos catetos de pueblo representados en las películas
españolas de los años 50 y 60. Tras dar con Lucía,
se mostró muy amable dejándonos las llaves de su
estudio en Lavapiés (cosa que no hace cualquiera) para
pasar el fin de semana. Nos encontrábamos en Madrid con
las llaves de un piso, teniendo dos días y pico por delante.
Lucía nos llevó a su bar “La ventura de Lucía”
y el humo nos cegó (la primera sensación era de
que estaba en un lugar diferente: paredes pintadas de poemas en
francés, maniquíes con dibujos en sus cuerpos y
en general todo muy pop).
Guillermo Delís y José Manuel Martínez. Vicente
Cervera
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Al día siguiente nos encontramos con José
Eduardo, Isabel y Guillermo (que nos acompañaba con su guitarra
en el recital). Después de unos cuantos museos, unas risas y una
noche en Madrid, caminábamos José Manuel y yo hacia “La
ventura de Lucía” donde iba a realizarse el recital-presentación.
Poco a poco fue llegando la gente: Isabel Arenas, José Eduardo,
José Manuel, yo mismo y nuestros inestimables y apreciados colaboradores
Guillermo y Vicente Cervera. El acto se convirtió en un recital
de lo más cómodo y familiar (no como habíamos esperado,
pero rara vez sucede como imaginas), habían ido Pedro (amigo de
Vicente Cervera que conocimos en el tren), su hermana Ana (que también
conocía a mi hermano), gente que había acudido a la llamada
de Lucía y otros que pasaban por allí, que se unieron gustosos
al goce de la palabra. Estábamos en ese altar iluminado de velas
desde donde decíamos nuestro discurso poético, nuestro hablar
interior, que en aquel momento fue uno: el de la poesía recitada
en grupo, disfrutando todos de un mismo mensaje, el de la palabra llegando
como un eco ancestral. Fueron momentos emocionantes donde se te podía
quebrar la voz o dudar. A mi se me ocurrió decir: “dedico
este poema a los madrileños” y se me quebró la voz
y dudé. Tras el recital todo fueron felicitaciones, fotos y humo.
Un grupo en el que íbamos -entre otros- Vicente, Pedro,
Ana, José Manuel, José Eduardo, Isabel y yo, fuimos a cenar algo por Lavapiés.
Todo fue cordial, distendido y era más interesante conforme iba desapareciendo
el vino. Por la mesa rodaron sueños, amargas experiencias, literatura,
arte... Nos despedimos en la puerta esfumándonos en dos grupos.
Vicente, Guillermo, Isabel, José Eduardo, Antonio
y Josema
A la mañana siguiente José Manuel y yo fuimos
al encuentro de Isabel y José Eduardo al lugar donde llegamos el
viernes anterior, un lugar que fue el último para personas inocentes
un 11 de marzo. Imaginé que podía haber sido yo, uno de
tantos, el que podía haber muerto. Partimos hacia Murcia teniendo
claro que este viaje no caería en el olvido, como tantas otras
cosas.
Antonio Bastida García
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