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- ¿No hubo ninguna anécdota? -se preguntará, quizá, algún lector.

Alguna hubo. Ya saben que un poeta no es un actor y que su arte no es el del recitado (¿recitado o declamación?) sino el de la escritura, aunque hay ocasiones en las que el poeta posee una voz digna de alabanza. Fue el caso que los aplausos los daba el público cuando el poeta sobre el escenario acababa de leer sus dos poemas y abandonaba la tarima para dejar paso al siguiente; sin embargo, hubo un espontáneo que aplaudió entre los poemas de una poeta sin esperar a que concluyese, rompiendo así esa especie de pacto tácito que en cuestión de aplausos había sellado el público asistente y rompiendo también ese disimulado silencio que siempre se filtra pero pocas veces se percibe: la voz de Isabel Arenas no era para menos. Yo mismo, que la conozco, al escuchar sus versos fluyendo amplificados por los altavoces, quedé asombrado. Recuerdo ese endecasílabo final: “¡Cómo yace! ¡Qué cenizas más blancas!”, resonando con apocalípticos ecos entre los estribos, martillos y yunques de mis oídos.

Y después de la ceremonia, líquidos y humos en la tertulia que, en nuestro caso, se prolongó hasta casi las dos de la madrugada. José Manuel, Antonio, Isabel y no recuerdo quién más charlando con D. Abraham Esteve (Prof. de Teoría de la Literatura de la Universidad de Murcia cuyo apoyo a la revista agradecemos profundamente) de diversos temas: pintura, poesía, la evolución de la humanidad, el sospechoso parecido entre las parejas hombre/mujer y elefante/elefanta, una sospecha que surgió como consecuencia del desenlace del caluroso debate mantenido entre un hombre y una mujer de cuyos nombres no quiero acordarme acerca de si el hombre es mejor que la mujer o al revés o qué.


(De izquierda a derecha:Alberto Caride, Basilio Pujante, Isabel Arenas, José Eduardo Morales, Guillermo Delís, Antonio Bastida, Vicente Cervera y José Manuel Martínez)

En definitiva, una agradable velada que acabó, como no podía ser menos, con el silencio -esta vez perceptible (o no, todo depende del oído)- que nos trajo Morfeo pocos metros antes de que los caballos de Apolo abandonasen el Jardín de las Hespérides -donde Paulillus continuaba sus trabajos (esto último algún día lo entenderán, queridos lectores)- para bañar, con sus luminosos relinchos, esta tierra de Nadie a la que no dejaremos de regresar nunca.

José Eduardo Morales Moreno

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