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La televisión llena buena parte de mis
horas. Muere Cabrera Infante en su Londres adoptivo. La muerte
no se toma vacaciones. Yo sí las tomo. Veo mucha televisión,
apenas escribo, apenas leo Mi ánimo está estancado.
No hay altibajos: me hallo inmerso en una linealidad bastante
estéril, nihilista. Tengo que empezar de nuevo a enfocar
toda mi inteligencia y creatividad. Mi inteligencia tampoco se
quiere tomar vacaciones. Cada día que me voy a la cama
sin haber hecho casi nada es un día menos. La muerte me
espera en algún Londres o alguna Habana, como al inefable
Guillermo Cabrera Infante. Nunca lo vi en persona, no lo he leído
apenas. Recuerdo, eso sí, “Arcadia todas las noches”,
una celebración, un pequeño milagro. Todas las noches
me voy a la cama, casi todas tras haber visto una película.
Arcadia todas las noches, et in Arcadia ego señala Luis
Cernuda, que también anduvo por Londres en sus exilios.
Amargos, amargas trampas de infelicidad los exilios. Don Guillermo
Cabrera Infante y un escritor veinteañero pasado que lee
con fruición ese librito sobre cine, toda una joya, los
veranos, a la sombra de Cernuda, de Gil de Biedma, un exilado
interno. Un escritor jovenzuelo que busca su exilio dentro de
sí mismo, en sus melancólicos recuerdos, en sus
lugares favoritos, sus paisajes del alma. Cada noche, eso sí,
antes de irme a la cama hago recuento, y me tropiezo con un balance
pobre. Mucha ociosidad, mucha televisión, escaso enfoque
de mi inteligencia creativa. Estampas de mi vida que me visitan,
como películas mal vistas o vistas a medias, mal asimiladas.
Inmerso en una linealidad que no acaba de esquivar lo estéril,
dejo que esos fotogramas me pasen factura. Siete días que
tiene la semana, pocas sorpresas. Sigo creyendo en la escritura
como salvación, como forma de vida, como razón d’étre.
Escribir, hasta ahora, me ha salvado de morir, en Londres o en
cualquiera de mis lugares extraños o comunes, lugares propicios
o no. Escribir me seguirá salvando de esa muerte que me
espera en alguna parte y a la que voy esquivando como puedo. Hoy
ha muerto un gran escritor, y, creo, una gran persona. Lo echaré
de menos. Ya no forma parte del pobre paisaje de las letras hispanas
Fue todo un personaje Quizá vuelva a leer estos días
“Arcadia todas las noches”, toda una lección
de cine que alegró como pocos libros muchas horas de mi
estéril veinteañería de aprendiz de escritor
y de ser humano.
Publicación de un extenso párrafo
de War Réquiem en Ababol. Ya casi nadie se acuerda de que
en Irak hay, o hubo, guerra, una guerra, un genocidio. Por obra
y gracia de los caballeros de la Muerte, Bush, Blair, Aznar y
el tirano Hussein. Bagdad ardió, en contra, parece ser,
de los deseos de la mayor parte de los ciudadanos del planeta.
Poco pudo, de nada sirvió la oposición de muchos
(la mía inclusive:progre que se acerca a la cuarentena
empeñado aún en creer en utopías y batallas
perdidas de antemano, de poco ha servido): Bagdad ardió
y muchos seguimos amando y odiando en silencio, o en voz alta.
Réquiem de Guerra, War Réquiem es la obra maestra
de Britten, el último profeta, un ángel oscuro que
maneja una serie de polifonías grotescas y duras, sin concesiones.
Britten parece estar más vivo ahora que nunca, cuando los
misiles y las granadas han caído como chuzos de punta sobre
el Golfo Pérsico, cuando unos dirigentes han decidido hacer
oídos sordos de los lamentos de tanta madre, tanto padre,
tanto hijo Ahora, hoy más que nunca, los sones del War
Réquiem parecen colarse por las rendijas de nuestras puertas
y ventanas, con la intensidad de los gemidos de una parturienta,
de los llantos de un niño. Alguien pretende asomarse a
este mundo cruel e imperfecto llamando a la puerta del útero
a base de patadas. El niño no-nato aún, se descarga
en patadas sobre el vientre, la pared de la placenta de su madre.
Suena un si-bemol del ángel británico, un niño
terrible y llorón, un rebelde ángel negro-enamorado.
Suenan al unísono esas patadas y esos bemoles mientras
algunos nos empeñamos en recordar los atronadores disparos
en la noche de Irak, la larga noche de los cuchillos largos en
Bagdad. Arde Bagdad y yo te sigo amando, parece decir el ángel
Benjamin a su amado-amante Meter.
De este amor oscuro nacerá una ópera
fundacional, Peter Grimes. El ángel negro circula por Bagdad
haciendo sonar la sirena de una ambulancia. Y un desorientado
aprendiz de cuarentón emborrona cuartillas en el silencio
de la tarde, con la memoria llena de sonidos y golpes, de gritos
de auxilio, Réquiem de Guerra.
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