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FRONTERAS

Mando este documento a una revista que salió nueva, diferente, sin tener una razón muy clara para ello, quizá amparado solamente por un epígrafe que invita a unas pocas letras en una ciudad que no es del todo mía, pero a la que me siento aferrado, una dirección virtual donde mandar tres o cuatro pensamientos, unas ideas sobre un país que yo tampoco conocía, y aquí me encuentro, delante de una computadora, dispuesto a prender un cigarrillo, apagar las luces que me abruman, y empezar a escribir un rato en soledad, de lo que significan las líneas, y las fronteras.

Porque hace poco, mientras caminaba, llegué a un claustro construido hace tanto, al tiempo que me dedicaba a pensar un poco, que es una de las ventajas de no conocer a demasiada gente en esta ciudad, y el frío, desligándome de mi memoria, me trajo de lejos una conversación sobre unas cuantas pantallas superpuestas en alguna dirección de Internet, de un tiempo demasiado posterior a ese claustro por el que paseaba, quizá no tan disonantes como pensé en algún principio, a la misma vez que reanudaba mi propia conversación.

Intrigado, me acerqué a un aula repleta de gente y de máquinas, y buscando un rato encontré algo llamado la Rosa Profunda, que todavía no sé bien lo que es, ni creo necesario saber del todo para fascinarme, donde todavía ando metido poco a poco leyendo, por el placer de leer, o soñar.

Y desde algún sitio perdido por Armenia, a orillas del lago Sevan, a unos cincuenta kilómetros, quizá algo más, de la capital que nunca visité, retomo mis divagaciones sobre unas líneas que alguien pretendió llamar fronteras, por el puro placer de dividir lo poco que quedaba unido.

Fronteras incultas e ignorantes, que perdéis vuestra identidad fuera de un mapa dibujado por las manos de un hombre que no sabe bien lo que hace, fronteras que hacéis vuestra labor con pulcritud y disciplina típicas de imperios que caerán y os olvidarán, fronteras malditas que lloran familias en dos lenguas diferentes, fronteras malhadadas que legasteis a mi mundo el peor de los destinos, fronteras, fronteras, que no os entiendo. Pues no entiendo nada en absoluto la existencia de un puñado de líneas garabateadas en un papel. Yo no soy de acá, pero tampoco me siento de allá, estudio en este sitio a la vez que me siento algo murciano, pero también soy de un sitio donde para llegar tienes que cruzar fosas abisales, y sin embargo unas fronteras me limitan a ser de allá, cuando desde lo más profundo de mi alma no soy capaz de decir de dónde me siento, ni eso llega a preocuparme, dando igual donde haya nacido.

Y buscando en este país vuestro, un sitio que pudiera llamar el mío, anduve por caminos sinuosos buscando otra religión en este mismo territorio, con estas mismas fronteras, pensando en trasladarme a otro mundo algo más mudéjar, con la firme pretensión de no traspasar nunca unas líneas que estoy convencido no me limitan a un mundo.

Pero mientras el autocar rodaba y la música de la radio empezaba a quejarse de la ausencia de ondas murcianas, pude atisbar levemente a la alta velocidad un letrero verde que me avisaba de una línea que separa Murcia de Almería, y en ese momento forjé lo que ahora les escribo, mientras buscaba algo que me aclarase por qué acababa de entrar en Almería, si yo seguía viendo lo mismo, los pocos árboles seguían allá afuera, el color era todo el mismo, todo era tan igual, que supongo que a alguien le pareció distinto, para darle una frontera.

Y yo, que en situaciones soy bosnio, siento miedo al cruzar una línea, una curva que han trazado profanando un río que no es de nadie, por si las balas me alcanzasen certeras, llenas de ira, violentas, y de repente, extranjeras. Y yo, que soy palestino, pienso en por qué si cruzo una alambrada ya no estoy en mi país, o por qué mi hermano es de un país diferente, y no puedo verlo sin burocracia, o por qué los trazos de unos ingleses, arbitrarios, diplomáticos, crueles, me evocan en una nación sin nación, aunque quizá no me importe, porque ya hicieron que me sintiese extranjero en mi propia tierra, ya hicieron que les tuviese miedo a mis propios vecinos, que ya les tuviese odio.

Así, que si ustedes me lo permiten, o si no, les diré que escupo sobre sus banderas y sobre sus fronteras, y mando al carajo a los pelotudos hijos de perra que las dibujaron.

Alejandro Dávalos.

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