como publicar


LA GRAN PATRIA DE LOS HOMBRES

Nunca concebí la Patria como el divino axioma de la sumisión al absurdo, de la dogmática simplificación de los pensamientos y aún del sentir humano.

Pues las banderas de la Patria se convierten a menudo en sus mordazas cuando los pretendidos salvadores de la moral y el orden establecido – su orden establecido- las enarbolan con el patético cinismo de quien se sabe manipulador de las verdades y verdugo de juiciosas conciencias.

Y a través de sus colores imponen su paz, que no es más que la capitulación de la lógica y de la razón más pura, que la sumisión a su interesada voluntad; imponen sus reglas y sus leyes de las cuales se mantienen siempre al margen desde su atrio de poder; imponen su justicia, que no es sino el castigo ineludible para quien ose levantar la mano, o aún la voz, o quizá el pensamiento contra su bandera, contra su paz, contra su Patria.

Pero las BANDERAS de los pueblos no juegan con llamativos colores o grandilocuentes emblemas. No saben de heráldica ni de coronas. No se pierden en ornamentos, no lucen joyas, ni dorados ribetes; ni pedantes aseveraciones en tono victorioso como un bramido atemporal en ostentoso latín.

Las BANDERAS de los pueblos son apenas harapos de color ocre manchados de grasa, de hollín, de estiércol. Sucios colgajos sin leyendas que huelen a tierra y a hambre. Impregnados de miedo y humillaciones, de llantos y de furia callada y contenida. Adornados con sangre y sudor. Y tras ellas, la masa obrera, miserable y sometida, que desborda todas las fronteras y se extiende por el mundo como un torrente de sangre con sus manos encallecidas y su abnegado sufrimiento.

Por eso mi percepción de la patria derriba las fronteras y las arrastra por los áridos desiertos, las eleva sobre cerros, sierras y cordilleras altas como la dignidad que brota de los humanos corazones, y las pierde entre el verdor húmedo de las más espesas selvas. Las ahoga bajo las purificadoras aguas de los océanos y en las vastas llanuras del mundo.

Por eso la PATRIA en la que yo creo engulle las patrias chicas, feudo de los poderosos y los asesinos de retórica cobarde y mentirosa.

Y los verdaderos patriotas del único pueblo que sobre el mundo existe, enarbolan su pendón roído y austero de parias de la Tierra y el fusil ávido de justicia; de revolución y justicia para los hombres.

ÁNGEL MOLINA

relatos
retroceder
Página 1 de 1