¡Por los dioses! ¿Este mundo confuso
y terriblemente reaccionario merece llamarse mundo? Dicen que
los hambrientos negros del sur algún día no podrán
ser ya contenidos; pero el Emperador (el más feroz de los
feroces galileos) exhorta a una virtud sin grietas y sin vida.
Con todo, matan cada día a diez de sus soldados y todo
se va deteriorando, porque “libertad” no significa
nada y “terrorismo” es un arma para cinco filos distintos...
La prohibición es la Ley y el Derecho la fuerza. Demetrio
construye una gran bodega bajo su jardín. Octavio cree
que la cultura –nuestra capacidad de hablar más allá
del ahora- quedará confinada a infimísimos guetos,
y Erixímaco (el más astuto de todos) invoca a Hermes,
el dios de lo confuso iluminado, el señor de la poesía
inquietante y de los estados ambiguos, el intérprete, el
compañero de las almas muertas...
Hermes, prestigioso señor de lo oscuro,
bandolero y compadre, embaucador y poeta, volatinero, maestro
y muchacho, Hermes: protégenos. Acaba con tantos traidores
y cuida de tus amigos. Todo señala (aunque muchos aún
no se percatan) que este mundo ya ha muerto. Y no hay ningún
otro, hoy por hoy, a la vista...
Luis Antonio de Villena.
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