Manipulados
por el miedo que nos condena
a no ver, a creer, a tener fe
en lugares remotos e infernales.
Condicionados
por dulces vidrios invernales
por los que al parecer aparece todo.
Imbuidos
en gélidos parajes religiosos,
sin ver la verdad inexistente
que es de todos,
aunque sin todos.
Ese egoísmo perpetuo y anticuado
de la salvación que nos humilla,
que nos somete,
que nos calcina en vida.
Siento que el momento de la salvación es cercano,
tan cercano como tu compañero,
al que aludo en silencio y cuando hablo,
al que recurro para reír, llorar, sentir…
A ti, reflejo de mi ser, te canto.
A ti, que lees, te suplico.
A ti, que eres un poeta, te condeno
a ser el profeta de tu prójimo,
la religión de tu tiempo,
tu ser único.
Te condeno a cantar la vida y la esperanza
a las gentes sencillas.
Te condeno a decir la verdad que no es verdad.
Te condeno a un final sin final.
Te condeno a sufrir tu tiempo,
a mirar
por esos gélidos parajes
de vidrio manipulado,
a mirar rótulos de silencio,
a mirar el mal
hecho presencia, necesario, verdadero.
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