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El esqueleto entre vértebras de ríos
yaciendo, y algas que son carne
coagulada.
Hacia las desembocaduras
de la muerte y sus comparsas,
arrastrados por la nada y sus combates
de colapsos nerviosos.
Absortos
con la vista de lo otro aferrado al bazo
en hipotéticos insomnios.
Y luego las ya largas esperas
bajo sábanas de nocturnidades
que arden como pupilas
y picos de büitres renqueantes;
asomados al abismo, espías
que vagan por los bordes
del alma sin lengüa ni compases,
perdidos ritmos y nada sonoras,
menos dulce y más agria, amarga,
musa despiadada.
Muda musa,
morsa amorfa y sorda,
¿con qué otras sogas bailaremos juntos?
Ed. Expunctor

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