Llegar un día cualquiera a la vida,
llegar un día cualquiera a la muerte,
sentir el instante como un comienzo
o acaso terriblemente su término.
Entre las manos, a veces, la rosa,
entre las manos, otras, la ceniza.
Hoy soplas con empeño la ceniza,
el viento la lleva, vuelve la vida
a soplar los pétalos de la rosa
sin temer el aliento de la muerte,
olvidando que no existe término,
que resta siempre un dichoso comienzo.
Tú estás ya a las puertas del comienzo
y viene deambulando la ceniza,
regresa otra vez el río a su término,
fugaz te has reencontrado con la vida
mas de súbito susurra la muerte:
¿y qué te queda, poeta, de la rosa?
Parado, en la otra orilla, la rosa
hueles sin el olor del comienzo,
ya, seca, le va llenando la muerte,
le va aspirando la fría ceniza
hasta que expira con ella la vida.
¿Qué mañana no derrama su término?
¿Qué línea del sentir borra
ese término?
Las horas, cada hora, como una rosa
pintan de belleza la frágil vida,
enturbian de agitación el comienzo
y olvidan entre tanto que son ceniza,
que en ellas sólo irrumpe la muerte.
Llegas entre lágrimas a la muerte
y sereno reconoces este término
en donde duerme eterna la ceniza,
donde fue del tiempo tuyo una rosa
el rumor constante hacia el comienzo
que hace arder, tan hermosa, esta vida.
Sin tú saberlo: término y comienzo,
lleno de vida irás hasta la muerte
siempre alumbrando rosas de cenizas.
José Manuel Martínez Sánchez |