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EL MANDO
(o de cómo la Literatura es engañosa)
Fingiendo realidades
con sombra vana,
delante del Deseo
va la Esperanza.

Y sus mentiras
como el Fénix renacen
de sus cenizas.

Gustavo Adolfo Bécquer 
Rimas (LXXVIII).

La temible espada, enorme y bien afilada, pasó sibilante cerca, muy cerca de su rostro. Pero su gran pericia de experimentado guerrero lo salvó, haciendo que en el último instante, y de modo casi instintivo, arquease hacia atrás la cabeza. Con este brusco movimiento su yelmo cayó al suelo con estrépito metálico, dejando así desguarnecida la cabeza frente a las mortales embestidas de su feroz enemigo.

Su situación era angustiosa. Había perdido progresivamente, durante el combate, su escudo, su espada y, ahora, también su yelmo. Estaba acorralado y sabía que había llegado la hora de su muerte. Y, por ello, decidió afrontar su destino con gallardía. Así pues, se quedó quieto, muy quieto, en estática espera, y mirando con orgullo desafiante a su enemigo, como invitándolo a acabar rápidamente su trabajo. Con valor, no con miedo; retando más que suplicando.

Fue entonces cuando su rival levantó la pesada espada a dos manos, dispuesto a descargar sin piedad sobre él el último y demoledor mandoblazo, dispuesto a partirlo por la mitad de un solo tajo. La hoja desnuda de la espada arrancaba al aire fríos destellos metálicos, metálicos destellos fríos como la muerte, como la muerte que se cernía inmisericorde sobre él.

Pero, en ese momento, una cegadora y potente luz se proyectó, como un cañón, sobre sus ojos...

Una cegadora y potente luz se proyectó, como un cañón, sobre sus ojos. Y, momentáneamente, quedaron cegados los dos, los dos con los ojos doloridos por el refulgente brillo de la inesperada luz.

Al punto, se percataron de que se trataba de la linterna del acomodador.

Aquel hombrecillo enjuto, mínima y depauperada expresión calva de un acomodador de cine, les indicó que, como efectivamente ellos le habían advertido, un tipo le acababa de entregar una nota para ellos.

Ella y él vieron alejarse la luz de la linterna por el patio de butacas, arrastrando tras de sí al minúsculo acomodador, y revelando a su paso breves y fugaces retazos de la sala, rostros boquiabiertos por la emocionante película de guerra medieval, rostros de enamorados que libraban su propia guerra en la oscura paz de la sala, rostros que bostezan, se aburren y entornan los ojos a punto de dormirse, rostros, rostros y más rostros, fila tras fila, fila tras fila, fantasmas fugaces que volvían a sus cinéfilas tinieblas al ser rebasados por el mágico e indiscreto haz de luz de la linterna.

Ya en la calle, la atractiva pareja se encaminó hacia el punto de contacto que indicaba la misteriosa y anónima nota que habían recibido en el cine.

El cielo, indiferente a los dos actores, cubría la escena con un grueso telón gris plomizo.


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