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LAS MANOS DEL GUITARRISTA

El cuarto donde espera la hora de actuación no podría llamarse camerino. Es cierto que tiene una de esas mesas con espejo rodeado de bombillas –sólo seis funcionan-, que hay sillas y un perchero y que, incluso, tiene un pequeño refrigerador de motor especialmente ruidoso y molesto. Pero no podría llamarse camerino. No comparado con los que conoció, recuerda y añora tan a menudo. Aquellos camerinos en las principales ciudades del país recorridas junto a los boleros de Tomás Curbelo, el jazz de Tony Applefield and the Southern Fruity Band…, primeras figuras cuando los tiempos eran buenos y las noches no tan largas. Entonces volaban las horas envueltas en ritmos vertiginosos o melodías tan dulces que dejaban el corazón esponjoso.

El guitarrista era uno con su música. Cambiaba la expresión de su cara y, con ello, la melodía era más dulce. Arqueaba la espalda y su guitarra emitía las notas más agudas e intensas. Recorría el mástil con su mano de nido de araña y provocaba un párrafo de notas apretadas, cada una con su reducido espacio y una presencia tan leve que parecían superpuestas.

El guitarrista sabía encontrar el ritmo del público y arrancar de él un coro de palmas que acompañaba sus fraseos incitándolo, empujándolo hacia el siguiente arreglo. Si él buscaba un silencio, las palmas del público lo acompasaban junto al bombo de la batería. El cantante sonreía, satisfecho y admirado, dejando que hiciera a su agrado. Se acercaba al frente del escenario y comenzaba el delirio de notas ligadas, martilleadas, tan estiradas que parecían llegar a romperse de puro agudo. Y el guitarrista disfrutaba con las caras de las primeras filas que los focos permitían ver, con el eco de voces y palmas que provenían de todo el recinto. Fueron días agradables que hoy añora en esta habitación que pretende ser camerino.

Lleva consigo una libreta con fotos y recortes, pero no aburre con anécdotas y ostentaciones de su pasado brillante. Esta memoria de papel no lo mantiene enjaulado entre recuerdos aunque lo ata en corto. Sirven para sobrellevar las interminables verbenas en pueblos recónditos mencionados en ningún mapa, al margen de carreteras principales y guías turísticas. Como su vida hoy, que transita carreteras comarcales solitarias habitadas por leyendas y memorias.

El dolor del guitarrista es dolor solitario. Asqueado de sí mismo es incapaz de no abrir un pequeño estuche de plata, de no sacar la jeringuilla metálica y una pequeña cuchara requemada. Es incapaz de mirar sin desprecio el envoltorio que contiene su anestesia y su tortura, de mirar sin desprecio las venas del muslo delgado repleto de picotazos como si un enjambre de abejas furiosas hubiera dejado en él sus aguijones.

Son dolorosos el recuerdo y el método para el olvido. Sabe que ha escogido una muerte a plazos que se abonan cada día. Es hora de nuevo pago. Un poco de agua en la cucharilla con unas gotas de limón disuelve el polvo del envoltorio. La llama del mechero evapora parte de las excrecencias que contiene y deja la mezcla lista para ser recogida por la aguja certera. Una goma retiene la circulación de su pierna y dilata levemente las venas maltrechas. Escoge una, clava la aguja y presiona con calma el émbolo de la jeringuilla. Desata la goma y la mezcla se expande al trote trayendo una paz ficticia con hora de caducidad. Al principio alcanzó los goces más intensos. Quien le inició auguraba placeres que dejaban pequeño el mejor de los orgasmos. Y tuvo razón. Pero sólo al principio. Las primeras veces su sexo manchaba la ropa interior con un estremecimiento que recorría cada vértebra de la columna, cada terminación nerviosa de su organismo. Las primeras veces. Hoy es el lento suplicio agónico de una muerte aplazada con fecha de vencimiento.


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