¿Qué haces aquí otra vez? ¿No ves que estoy
ocupado? Además, no quiero verte ni en pintura. Ya puedes irte
en busca de otro que te necesite más que yo. ¡Pues anda que no
hay gente por ahí que te está buscando! No, no me vengas con la
misma historia de siempre, yo no necesito de tus servicios para
vivir. Para eso están los enfermos de compañía, o los viejos que
se aferran a ti para olvidarse de la muerte.
¡Quiero que te marches ya!
¿Es que no me has oído? Déjame
que termine este relato, de lo contrario me enfadaré contigo.
Tampoco me vengas ahora con lo que me contaste el otro día,
la historia ésa de la página en blanco, y que serías
capaz de bloquear mi mente con la única intención
de hablar conmigo. De ahora en adelante obturaré mis oídos
y cerraré mis ojos para no verte rondar mi habitación.
Es posible que también selle mis labios para no responder
a tus insoportables preguntas. ¿Que si seré capaz?
No lo dudes, así que ya te estás marchando por donde
has venido. Además, ¿quién te ha invitado?
Parece que has olvidado que hay puertas y que antes hay que llamar
en ellas. Sobre todo la educación, aunque veo que en ti
brilla por su ausencia. Ya sé que puedes pasar por donde
te lo propongas, que para ti no hay fronteras ni barreras infranqueables,
pero debes respetar mi intimidad. Todos tenemos intimidad, por
pequeña que sea, ¿sabes? Incluso tú deberías
tenerla.
¿Quieres que te diga dónde puedes
ir? Aquí al lado vive una mujer, el otro día me
dijo que se encontraba muy sola, que añoraba mucho a su
marido; la pobre mujer ha enviudado recientemente. Hazle una visita,
tal vez puedas consolarla. Así no te aburrirás,
y de paso te olvidas de mí por un tiempo. Ya sé
que sabes dónde vivo, ¡si no te hubiera dado palique
la primera vez, hoy no tendría que estar casi echándote
a patadas! Tengo que decírtelo por enésima vez:
eres una pesada, y tu aliento es como el frió de una noche
inmensa... No entiendo por qué te ha dado conmigo, ¿es
que no hay más gente en este planeta que tienes que venir
a mi habitación como un alma en pena? No me compadeceré
de ti, porque creo que no te lo mereces. La conmiseración
no existe apenas para ti, y recuerda que quien a hierro mata a
hierro muere... Tú no serás una excepción.
Es inútil hablar contigo, hacerte recapacitar.
Al final harás lo que te venga en gana. Ya lo sé,
no lo repitas más, tendré que resignarme yo, como
de costumbre; siempre hay un vencedor y un vencido, pero te diré
que la lucha apenas ha comenzado. Esta vez seré mucho más
fuerte. Si lo prefieres puedes leer un poco. Acércate a
la estantería y coge un libro, el que más te guste.
Yo si quieres te puedo aconsejar: El Conde de Montecristo, de
Dumas. Edmond Dantes sí que supo lo que es tenerte cerca.
¡Qué no quieres leer! Al menos un par de páginas,
hazlo por mí. ¡Se buena chica por una vez en tu existencia...!
¿Sabes lo que voy a hacer? Te voy a
dar un poco de cuartelillo. Prenderé un cigarro, quizá
yo también necesite pensar, pero cuando termine con él
quiero que te vayas de una vez por todas. Quiero que seas como
este humo que exhalo de mis labios, fugaz y veloz. Quiero que
te derritas en el viento. ¡Mira!, si te asomas por la ventana
verás que sopla el viento. Es el viento de los primeros
aires del otoño. Este viento arrancará de cuajo
las últimas hojas de los árboles que aún
se resisten a abandonar el estío. En eso os parecéis
en gran medida. Tú también te resistes a abandonarme.
Si te apetece te abro la ventana y te vas con este aire a otro
lugar, deja que él te arrastre a la deriva, lo mismo arribas
en el puerto de un desconocido que necesita de tu compañía.
Todo es posible.
|