Ya nadie lo visitaba. Algunos por pura pena,
otros por querer evitar un prolongado enfrentamiento a no se sabe
qué.
D. Ramiro, el doctor, decía que era irreversible
y que lo mejor era tratarlo con normalidad y esperar. Esperar.
Yo veía en sus ojos algo extraño, como un pedir
auxilio desde adentro, pero cuando me acercaba a él y no
me reconocía, a mí su primo, me daba un vuelco el
corazón y tenía que salir corriendo para evitar
llorar en su cara.
Los días pasaban y cada vez estaba peor.
Sarita hacía café y mientras D. Ramiro nos hablaba
de otros casos en los que el enfermo recobraba la memoria de repente
y volvía a la normalidad. No eran corrientes pero cabía
una esperanza. Pedrito volvía la cabeza cada vez que Ramiro
hablaba y asentía como entendiendo. Cuando se le preguntaba
si comprendía de lo que hablábamos miraba a otro
lado y sonreía. Ramiro decía que no, que no entendía
pero yo creo que en el fondo de su ser algo sí que entendía,
que algo de vida en forma de recuerdos permanecía en él.
Hacía ya casi dos años y poco a
poco nos íbamos acostumbrando. Pero era una costumbre dolorosa
que en cierto modo no era costumbre sino resignación. Pedrito
vagaba por la casa y a ratos se sentaba en los escalones del patio
y contemplaba la higuera. Parecía contar cada hoja del
anciano árbol. Era verano y me senté junto a él,
en silencio. Sin mirarme, con los ojos aún enredados en
las hojas de la higuera me pregunto: ¿no estoy bien, verdad?
Te juro que hubiese querido contestarle que no dijera bobadas,
mentirle como tantas veces se miente en la vida, pero un nudo
se agarró en mi garganta y sólo pude mascullar un
engañoso y ronco monosílabo que nada significó.
Mientras yo me ahogaba en mis lágrimas él sonrió
como ausente y me contó que mañana iríamos
a cazar gorriones. Ramiro ya me había advertido de que
rescatan imágenes, recuerdos de la infancia y los instalan
en el presente sin distinguir. Le dije que sí, que claro
que iríamos, que él y yo solos como siempre, que
todo seguía igual. Me abrazó con fuerza y rompí
a llorar como un niño sin poder evitarlo, no sé
si de verlo feliz o de amargura por no poder aceptar la cruel
enfermedad.
Pasaban los tórridos días con sus
largas tardes de patio y las frescas noches a las que llegábamos
sin inmutarnos, como queriendo prolongar el tiempo. Dar acaso
una tregua al destino, soñar con una realidad que no se
nos concedía y que sin embargo nunca quisimos desestimar.
Buscábamos espacios con el doctor Ramiro, que de tarde
en tarde se dejaba caer. Cada vez sus visitas eran más
frecuentes. Más que un doctor era un amigo, un amigo que
parecía igual que todos sufrir lo de Pedrito. Por un lado
por la frustración que sentiría cualquier médico
honrado que no logra curar a su paciente. Por otra parte estaba
esa afectividad que había ido creciendo con la familia.
Tía Lola ponía café helado y galletas que
ella misma preparaba mientras el sol se desparramaba sobre las
montañas hasta fundirse en una casi noche grisácea
y plagada de silencios y cantos de grillos. D. Ramiro comentaba
algo de sus cosas, de su trabajo que a todos fascinaba. De cuando
en cuando mencionaba a Pedrito y éste desde algún
ángulo del patio detenía lo que estuviese haciendo,
giraba la cabeza y miraba atento. Alguna vez soltaba una frase,
a veces sólo unas palabras, pero nunca presentes. Siempre
lejanas y remotas, cargadas de pasado y de seres olvidados y antiguos
como el tío Paco que murió hace ya seis años.
O de la prima Ana que se casó y vive en la ciudad o del
barrio Casas Baratas donde antaño jugábamos Pedrito,
los otros chicos y yo. D. Ramiro le animaba a continuar, cuenta,
cuenta, le decía, pero Pedrito no contestaba. Volvía
la mirada hacia dentro, retornaba a ese recóndito mundo
en el que habitaba. Nosotros aquí en el patio tomando café
helado y él allá en ese pasado, a dos pasos de nosotros,
acariciando los geranios con la vista, bajo la misma luna, pero
bajo otra luna que también brillaba aquellas noches infantiles
que buscábamos grillos entre los matorrales. Una luna que
coronaba las noches de un Pedrito niño que no quería
dormir porque hacía mucho calor en su cuarto, o acaso aquella
noche que prima Anita celebró su decimosegundo cumpleaños
y jugábamos al escondite por las oscuras habitaciones de
la casa como si ésta fuese una prolongación del
universo y comíamos pastelitos que tía Lola preparaba
en el horno de leña y nos dejaban estar despiertos un poco
más que el resto de los días que no eran cumpleaños.
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