Juan Gijón era un hombre práctico. Gustaba llegar
a su meta por el camino más corto. De veintiocho años de edad,
gozaba de la mejor salud y no tenía vicios. Su única debilidad,
según él, era, en realidad, su fuerte: La cosecha de mujeres.
La tradición antigua de Don Juan, la sutil burla de fingir amor,
para lograr el placer de la carne. O, al revés, a veces fingir
lujuria, cuando, hablando en oro, el motivo es el amor. El juego
de Juan Gijón era, pues, doble, porque, en el fondo de su alma,
quería ambos, amor y placer o, al acaso, cualquiera de los dos.
Pero, desde luego, por el camino más corto.
Y éste, a su parecer, no pasaba por entre
las bellas, sino mas bien por donde están las feas, a quienes
creía más fáciles. Como buen heredero del
tío Marco, armador de barcos pesqueros, Juan recibía
una buena renta y, estando soltero, ahora gozaba de unas vacaciones
poco merecidas, a la orilla del mar.
Aquella tarde, la suerte andaba peor que nunca.
En el Bella Vista, este hotelón del acantilado, no había
sino mujeres bonitas, en su mayoría casadas orondas, que
asoleaban la piel de los contornos más íntimos,
esperando broncearlos, mientras se parapetaban detrás de
oscuros lentes de sol, que les daban un aire de venenosos insectos
mayores.
¡Cherchez la femme! Con ojo avizor, Juan
escudriñaba las candidatas, pero, para su mal, aquella
fea solitaria, la muy fácil, no aparecía. Las feas
- pensó Juan - son una especie amenazada de extinción.
Ahí esa rubia (era Carla) con su magnífico cuerpo
bronceado, los cabellos refulgentes como un trigal, rutilantes
dientes, manos muelles, de uñas mansamente agudas, largos
dedos y espiritualizado gesto. Allá la morena ( era Diana
) con la melena azabache, levemente musculosos los muslos, los
senos redondos como dos medios cocos pelados, puestos a tostarse
en la inclemencia de la canícula, desafiando a los espectadores,
en apariencia desinteresados, pero, en verdad, siempre voraces,
quienes, sin duda, encontraban a Diana y Carla hermosas y codiciables.
Con peluqueros amaestrados, dentistas joyeros,
cosméticos de actriz, gimnasia de aparatos, bronceo artificial,
sería muy difícil ser fea, se imagino Juan. Pero,
a veces, las hay - Juan lo sabía. Aquellas que se han puesto
repugnantemente gordas; esas que, por fumar demasiado, se tornan
flacas y opacas y secas, o ciertas intelectuales feministas que
se descuidan de adrede, tienen seboso el pelo, dejan criarse el
pelaje de las axilas y llevan las uñas de los pies informes
y sucias. Pero circulan poco, observó Juan. En este Bella
Vista, junto al mar, las feas escaseaban. Habría que acecharlas
cuando, al amanecer, despintadas y sonámbulas, caminan
con las piernas tiesas, hacia el tazón del escusado; cuando
temen resbalarse y pierden la postura al abandonar la tina de
baño, o cuando buscan a ciegas, en la alfombra persa, los
lentes de contacto. Degas sabía pintarlas en instantánea
sorpresa y desguardo, logrando aquel supremo feísmo, que
le ha encumbrado entre los impresionistas. Así, Juan Gijón
se identificaba con el viejo maestro francés y oteaba en
busca de aquellos detalles que nunca quieren ver los trovadores
de lo eterno femenino.
|