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ATAQUE INESPERADO Su salud era férrea, inquebrantable. La gripe apenas le afectaba más que un picotazo de mosquito. En un safari que organizó su empresa para fomentar el compañerismo se pinchó con una espina, pero no contrajo, a diferencia del resto de su expedición, el paludismo. Fue un niño que jamás conoció el sarampión y, aunque fumador compulsivo, sus pulmones eran la excepción que confirmaba la regla pregonada por los paquetes de tabaco. Sin embargo, cuando estuvo en la selva le ocurrió algo incomprensible. Se adelantó al grupo para preparar el campamento; después de haber andado tres kilómetros y algunos metros, sus pies comenzaron a hundirse y, de pronto, se vio cubierto hasta las rodillas por espesas arenas movedizas. Enseguida recordó que debía evitar movimientos bruscos, y que tenía que moverse muy lentamente, o mejor no moverse, pero se vio sorprendido por un inesperado e inoportuno ataque de epilepsia. Ed. Expunctor |