EL GLOBO Y LA MUERTE



Nada más dejarla sobre la mesa, se quedó mirando la botella. No tardó en empezar a sentir un enjambre de pirañas diminutas devorándole y corroyéndole las entrañas desde el principio hasta el final. Notó cómo una prensa hidráulica le comprimía el cerebro. Los ojos le hervían y echaban chispas sobre su boca ardiente, que salivaba lava y entre cuyos labios asomaba una lengua agonizante y en llamas.
Sin embargo, a pesar de estar incendiado por dentro, su piel estaba fría como la superficie de la mesa blanca o de la botella amarilla. No supo si fue por el contraste de temperaturas o por las pirañas que le corroían los intestinos o por el fuego que le quemaba por dentro, pero un ataque de náuseas le hizo vomitar sobre la mesa, manchando de sangre la botella. En cuanto cesó el vómito y pudo abrir los ojos hirvientes, a los pocos segundos de ver cómo había quedado la mesa, pensó en uno de los cuadros de Viktor Vólkov Vólkovich titulado Solilunio amaneciento: un lienzo del tamaño de la mesa donde el blanco, el amarillo y el rojo se combinaban de una forma que producía sensaciones horribles, repulsivas, mórbidas.
Después de vomitar creyó que remitían las llamas y las pirañas y el helor de su piel, pero antes de que se afianzase aquella creencia en su interior advirtió que su glotis comenzaba a hincharse, y pensó en el último globo que había hinchado, hacía tres meses y doce días, y pensó que los globos se hinchan igual que la glotis. Tres... Cuatro.... Cinco.... Seis... Notaba cómo la garganta le oprimía, era como ponerse una corbata y apretar mucho el nudo pero por dentro y hacia fuera, algo así como ponerse dentro de la garganta un diminuto gato hidráulico y bombear: siete, ocho, nueve..., pero más lento, más espaciados los golpes de aire, y cada golpe de aire que entraba en su glotis era un golpe de aire que no entraba en sus pulmones y que no salía por su nariz.
Aún entraba un poco de aire y, aunque su organismo boqueaba como un pez sobre el asfalto, le dio por pensar otra vez en los globos en general y en aquel globo en particular.
Y es que no entendía por qué todos los globos del mismo tamaño no necesitan la misma cantidad de aire para explotar. De la última bolsa de globos que había comprado, hubo unos que explotaron con sólo diez bocanadas de aire, otros con once, otros con doce, otros con quince... En realidad, lo que le encantaba a él era notar cómo, a partir de la octava bocanada —pues antes de la octava ningún globo explotaba— se iba tensando la goma hasta que el globo explotaba y notaba el impacto del aire comprimido al liberarse contra las palmas de sus manos.
Pero ella no vio cómo hinchaba el último globo. Era de noche y ya habían recorridos doscientos kilómetros, así que se turnaron y su mujer se puso al volante. A los pocos minutos, mientras sonaba la ‘Scare symphony’ del último disco de The Burst, recordó que había unos globos en la guantera. Hacía años que había globos por todas partes en su vida. No sabía muy bien por qué, pero un día retomó aquella costumbre de la infancia y desde entonces no pudo parar. Mientras su mujer tarareaba la sinfonía de The Burst con la vista fija en la carretera, él cogió el globo de la guantera y empezó a llenarlo de aire: una, dos, tres, cuatro, cinco bocanadas. Paró unos segundos para tomar aire rodeando el globo con las manos y manteniendo cerrada la boquilla del globo con el pulgar y el índice de la mano derecha. Seis, siete, ocho, nueve. A partir de aquí, el globo podía explotar con cualquier otra bocanada de aire. Di...ez. Notaba cómo la goma del globo se tensaba. Apretaba suavemente el globo con sus dos manos para notar el aire comprimido en su interior. On...ce. Y la goma del globo se le ajustó a las palmas de las manos. Do...
No hubo doce. El globo explotó y se hizo trozos que salieron disparados en direcciones aleatorias. Uno de los trozos, lleno de saliva, se estrelló contra la mejilla de su mujer, que con el ruido y el golpe se asustó, y soltó el volante involuntariamente para llevarse las manos a la cabeza, no sin antes hacerlo girar, de modo que las manos ni siquiera llegaron a su cabeza. Cuando él recuperó el conocimiento todo estaba boca abajo. Había un charco de sangre bajo el asiento del conductor, en el techo, y él notaba un dolor tremendo en las piernas, y le costaba respirar.
Pero él no era de aguantar la respiración. Daba igual, porque no era justo. Cuando el decimocuarto golpe de aire hinchó por completo su glotis y le impidió seguir respirando, su corazón tardó unos pocos segundos en dejar de latir por completo. Su cabeza cayó flácida sobre la mesa, dando un golpe seco y haciendo que la botella amarilla de plástico se volcase y derramara sobre la mesa, mezclándose con la sangre, la poca sosa cáustica que él había dejado, y ya no pudo pensar que aquella mesa con aquellos nuevos colores y formas no difería mucho de otro cuadro de Viktor Vólkov Vólkovich titulado El globo y la muerte.

Ed. Expunctor



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